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Foto: cinencuentro.com

Algunos apuntes sobre “La última tarde”

Si no has visto la película, anda a verla. Esta columna tiene spoilers.

Juan Luis Dammert B. 

Publicado: 2017-05-16


Por fin pude ver “La última tarde”. La película me atrapó, probablemente porque calzo con el estereotipo de lo que se entiende como un “caviar” limeño. Las contradicciones de la sociedad peruana, abordadas desde el hilo conductor del amor entre personas de distinta clase social (el tema favorito de las pantallas nacionales, desde Natacha hasta Al Fondo hay Sitio), su temática de la “memoria” de los años del conflicto y la locación barranquina y miraflorina de la trama hacen que la película sea muy atractiva para mi círculo social y en general para los interesados en temas “sociales”. Ahora bien, por lo que me habían contado, pensé que la película me gustaría más, como me gustó Magallanes por ejemplo. Las expectativas altas rara vez son satisfechas y este fue el caso. Es aburridor que una película gire sin mayor aire alrededor del diálogo entre dos personajes, lo que podría explicar su limitado éxito de taquilla. Pero mis críticas son otras.   

Hay varias cosas que son extrañas, por no decir inverosímiles. Si los hechos que se recuerdan ocurrieron hace 19 años, ¿debemos suponer que estamos hablando de 1997? Muy difícil que en ese año una chiquilla apitucada de veintipocos se vaya a Cusco a... iniciar la revolución comunista, con acciones armadas. Y si hay que suponer que la película en realidad se desarrolla digamos hace diez años y los hechos recordados son de los ochenta, pues había que escoger otro smartphone para Laura... a todo esto, ¿tiene el número telefónico de la oficina de su tío policía pero no su celular?

En fin, de esos detalles hay varios, pero quiero detenerme en cómo están construidos los dos personajes centrales. He visto que se destaca el rol de Lucho Cáceres en redes sociales. Me parece que está bien actuado, sí, pero el personaje es muy pobre. Sabemos vagamente qué le pasó y más o menos qué piensa ahora, pero ni por asomo entendemos qué lo movió a involucrarse en la lucha armada. No basta con ser cusqueño y más pobre que Laura para meterse en algo así. Tampoco sabemos mucho de su carácter, más allá de que puede ser un tipo violento y que no superó el amor de juventud por la chica más blanca que él. Me quedó la sensación de que los guionistas no tuvieron los elementos (de clase) para explicar de forma verosímil al muchacho cusqueño metido a subversivo.

El personaje de Laura está bastante mejor desarrollado –y muy bien actuado también. Ella es quien tiene la agencia en todo momento. De chiquilla canaliza su rebeldía yéndose a Cusco con ese izquierdista que su familia pituca detestaba y se mete en la lucha armada. Cuando la cosa se pone fea, se va sin decir nada y regresa donde su papi, quien la saca del país para que esté una temporada en Argentina y eventualmente se reintegre a la aristocracia limeña. Pasa un tiempo en España (fue bravazo estar en Madrid cuando campeonaron el mundial, huevona!), termina dedicándose a la publicidad (vienen a mente pocas ocupaciones más indignas para un revolucionario) y desarrolla una relación de pareja con alguien que estaba casado y con hijos. Esto último le puede pasar a cualquiera, pero en la construcción del personaje no es casual: ella hace lo que le da la gana siempre. Y declara que podría abandonar su vida actual para “poner un restaurante de comida orgánica”.

Por más que la película lograr mostrar contradicciones sociales de fondo en el Perú y además es efectiva en disparar discusiones apasionadas sobre estos, en mi opinión “La última tarde” deja un mensaje conservador. Los (ex) revolucionarios no tienen un discurso social coherente. Ramón es un tipo muy básico que no sabe explicar a qué se refiere cuando habla del “pueblo”; la “sensibilidad social” de Laura consiste en indicar que, cuando tenga su negocio propio, no se aprovechará de nadie. Por razones obvias, no esperaba que la película llene de mística a personajes que optaron por la lucha armada, por más que hayan abandonado esa línea hace casi veinte años. Pero sí esperaba algo más que cinismo de poca monta o privilegio de clase luego del fracaso subversivo. ¿Dejar las armas suponía también dejar las agendas de cambio, abandonar la mirada crítica y asumir que no hay ninguna alternativa?

Mención aparte merece el final. En ningún momento se construye una tensión sexual que justifique una escena erótica (?) como la última. Sobre todo después de que Ramón comprueba que la emboscada a su casa hace 19 años había sido por culpa de Laura. Y sobre todo si luego de una narrativa hiperrealista la escena sexual es con sostén puesto, y sin goce alguno.


Escrito por

Juan Luis Dammert B.

Ph.D en Geografía (Clark University, Massachusetts) y Licenciado en Sociología por la PUCP.


Publicado en

Ecología Política

Todos los proyectos ecológicos son simultáneamente proyectos político-económicos, y viceversa. David Harvey.