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foto tomada de proetica.org.pe

Un “political settlement” que no llega

Publicado: 2019-07-29

El término “political settlement” no tiene una traducción directa al castellano. En términos generales alude a acuerdos políticos macro que perduran en el tiempo. Estos acuerdos no son necesariamente explícitos ni conscientes, sino expresión duradera de correlaciones de fuerzas que, si bien tienen puntos de inflexión, son relativamente estables temporalmente. En su teorización sobre el tema, el economista indio Mushtaq Khan señala que el poder relativo y la diferencia en capacidades entre diferentes organizaciones es un factor que explica la variación geográfica del funcionamiento institucional. Es decir, el funcionamiento de instituciones como el estado de derecho, la escuela pública, los derechos de propiedad, etc. no depende tanto de que la institución en sí misma sea buena o deseable, sino del poder relativo que tienen diferentes organizaciones (grupos de interés) para hacerlas funcionar. Y, de forma crucial, la definición de estas disputas en el tiempo (el “settlement”) ayuda a que los sistemas funcionen: una pugna permanente e indefinida entre fuerzas contrarias dificulta el desarrollo en una u otra dirección.  

Estas ideas pueden ser útiles para entender la coyuntura actual en el Perú, no solo a nivel de instituciones específicas, sino para analizar el funcionamiento macro de la política nacional. Lo que está ocurriendo aquí va más allá de la competencia política natural que hace funcionar los sistemas políticos. Hay una polarización crónica y destructiva que solo incrementa el descrédito de la política. ¿Cuál es la naturaleza de esta polarización? La pregunta no me parece sencilla ni creo que haya sido bien respondida. No me propongo responderla convincentemente en esta columna, pero sí quisiera hacer algunos apuntes de carácter general.

Como sabemos, el drama empezó con la elección de 2016. Llegaron a la segunda vuelta dos candidaturas de derecha, a primera vista muy parecidas. Keiko Fujimori se sentía ganadora y el triunfo se le escapó en la puerta del horno. Su reacción fue no saludar a PPK y anunciar que implementaría su plan de gobierno desde el Congreso, en una suerte de gobierno paralelo, con resultados que hoy conocemos bien. Sin embargo, hay algo mucho más profundo que una derrota mal llevada a nivel personal. La derrota no se restringe a las caras visibles de Fuerza Popular, sino que involucra una red o conjunto de redes mucho más amplias. Y estas redes, aunque conectadas, representan algo más amplio y antiguo que el proyecto tecnócrata neoliberal que encarnaba PPK.

En su “Historia de la Corrupción en el Perú”, Quiroz enfatizaba la resiliencia de las redes de corruptela. A lo largo de la historia, los intentos por sacudirnos de la corrupción eran aislados, heroicos y a la larga en vano. La corrupción se protegía, se reinventaba, destruía a sus rivales. Y así fue desde la colonia hasta la “década infame” del gobierno fujimorista --la de mayor corrupción en la historia según Quiroz. El autor señalaba al fin de su libro que los destapes del cambio de siglo eran una oportunidad de oro ya que crecía la conciencia ciudadana respecto a la gravedad del problema, además de que los equipos fiscales anticorrupción estaban en vías de profesionalización. La corrupción de Lava Jato (y toda la que no ha sido destapada, como la de Camisea, los puertos, la privatización de tierras, etc.) demostró que Quiroz pecaba de optimista y la corrupción continuaba, endémica. En su libro sobre Odebrecht, Durand explica que las investigaciones de la transición se centraron en las redes de corruptela fujimontesinistas y descuidaron la corrupción corporativa, que venía de mucho antes pero en lo sustancial no fue afectada por las investigaciones. Más recientemente, los destapes extranjeros del caso Lava Jato y los hallazgos locales de “Los Cuellos Blancos” trajeron otra oportunidad de limpieza. Pero, como a lo largo de la historia, actualmente las redes de corruptela volvieron a sacar las garras y se vienen batiendo por la impunidad, de forma cada vez más descarada.

La literatura de los “political settlements” presta atención al poder organizacional de los grupos en disputa. Como es lógico, los grupos más poderosos tienen mayores posibilidades de ganar. Tienen más recursos disponibles (económicos, organizativos, redes, cuadros) para utilizar en la disputa y pueden mantener más tiempo la confrontación. Los grupos de menores recursos tienden a agotar sus posibilidades más temprano. Si traemos estas ideas a la discusión política en el Perú, vemos cómo Vizcarra tuvo éxito en plantarle una confrontación de vértigo a la corrupción: un sprint con referéndum, mensajes a la nación y pedidos de confianza. De su lado tuvo a la opinión pública, buena parte del sistema de justicia y los gobiernos regionales. Las redes de corrupción perdieron en los 100 metros, pero saben que tienen todas las de ganar en la maratón. A su favor tienen el peso de la historia, los recursos económicos que trae la corrupción y las redes que penetraron desde hace mucho en el Estado, los partidos, las empresas y, por supuesto, el crimen organizado. Puesto de otra manera: a pesar de las diferencias entre ambos, los gobiernos de PPK y Vizcarra no funcionaron precisamente porque entraron (por diferentes motivos) en confrontación abierta con las redes de corruptela más poderosas del país.

En esta lógica, el nudo del descalabro político actual no es la disputa por el modelo económico ni mucho menos por la diversidad sexual. La pelea de fondo es la misma que nos ha acompañado durante toda la historia del Perú: la del interés público contra la persistencia arrolladora de la corrupción. La coyuntura reciente ha permitido golpear muy fuerte a políticos corruptos y, sobre todo, a redes de corruptela que hoy están cada vez más lejos del presupuesto público y cada vez más cerca de prisión. Pero esta situación puede ser efímera, a juzgar por el peso de la historia y los recursos organizativos de estas redes. En este contexto es lamentable, aunque no sorprendente, el papel de la CONFIEP: en vez de apostar por el fortalecimiento institucional, su cúpula se alinea con las visiones más retrógradas que se resisten desesperadas a que el país se sacuda de la corrupción y construya así pilares de desarrollo más serios.

Como era de esperarse, un nuevo “political settlement”, o equilibrio post corrupción generalizada, no sería un objetivo fácil de lograr, sobre todo en un país como el Perú, en donde siempre reinaron las redes de corruptela.


Escrito por

Juan Luis Dammert B.

Ph.D en Geografía (Clark University, Massachusetts) y Licenciado en Sociología por la PUCP.


Publicado en

Ecología Política

Todos los proyectos ecológicos son simultáneamente proyectos político-económicos, y viceversa. David Harvey.