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foto : getty images, tomado de bbc.com

Comentario al ensayo de Alberto Vergara sobre el Perú y la pandemia

Publicado: 2020-06-22


En esta columna comento el reciente ensayo de Alberto Vergara, “La crisis del COVID-19 como Aleph peruano”. El ensayo es a mi juicio la mejor reflexión académica que se ha escrito sobre el Perú en tiempos de pandemia, no solo por la profundidad en las ideas, sino por la prosa privilegiada (en el buen sentido) que destila el autor. Hay, sin embargo, algunos puntos que quisiera comentar, con el ánimo de contribuir a la discusión sobre las grandes reformas pendientes que ha evidenciado la emergencia sanitaria.

Vergara ve el contexto de la pandemia como un Aleph peruano: “un punto donde convergen y se distinguen las trayectorias de largo y mediano plazo que han dado forma al Perú contemporáneo”. En esta línea, el autor plantea maneras en que las acciones del gobierno de Vizcarra se engarzan con trayectorias de mayor duración. Entre estas destacan -según mi propia lectura del texto- la incapacidad del Estado para gobernar, la desconexión de las élites con las necesidades de la población, la persistente trama de la corrupción y, de forma más reciente, el neoliberalismo.

Empecemos por este último fenómeno. Vergara señala que:

“Es curioso, pero la izquierda intelectual que brilla en acusar a los politólogos de ser poco densos históricamente, cada vez que realiza un diagnóstico sobre el Perú contemporáneo se ampara en una categoría que sobresale justamente por su escaso recorrido histórico: el neoliberalismo. 30 años de utilización. El término sirve más para describir que para explicar. Pero en las filas de la izquierda piensan que nuestros problemas sociales e institucionales se originan en la Constitución de 1993. Su obsesión, al igual que en la derecha, es el modelo económico”.

Confieso que no sé a cuál “izquierda intelectual” se refiere. ¿Una izquierda intelectual que considera que los problemas del país se originan en 1993? No conozco ningún intelectual serio, de izquierda o derecha, que tenga un planteamiento semejante. Es evidente que hay muchos problemas de fondo en el Perú que no se resuelven con un cambio en el capítulo económico de la Constitución: la informalidad, la cultura de la pendejada, la discriminación, la corrupción, por nombrar algunos. Creo que habría que distinguir entre el diagnóstico y el programa político. Pensar que reemplazar al neoliberalismo será la varita mágica que solucionará todo es ingenuo, y tal vez por ahí viene la crítica del autor. Pero de ahí a que la “izquierda intelectual” desconozca el mundo anterior a 1993, hay mucho trecho.

Una cuestión académica diferente es: ¿qué efecto tiene el neoliberalismo sobre una sociedad como la peruana? En la respuesta a esta pregunta sí hay algunos matices con los planteamientos de Vergara.

El neoliberalismo, en la visión de David Harvey (Oxford, 2005), es entre otras cosas un proyecto de restauración de poder económico en favor de una élite pequeña. El neoliberalismo no existe en estado puro en ninguna parte del mundo. Como todo proyecto, se construye políticamente y se adecúa a condiciones locales. De ahí su carácter híbrido en la práctica, con una combinación de elementos del programa de desregulación y privatización (y el resto de componentes del ya caduco Consenso de Washington) con elementos ajenos a este: empresas públicas, legislación laboral rígida, límites en los mercados de tierras, por poner algunos ejemplos. La implementación del proyecto neoliberal es un campo de disputa, al igual que su interpretación intelectual.

En su texto, Vergara critica que, en estos años, el único proyecto era el de seguir creciendo económicamente, y en esta línea por mucho tiempo se alabó el “piloto automático”, no hacer olas, no ponerse creativo. “En síntesis, en los últimos 20 años teníamos un Estado hábil para administrar la macroeconomía del país y defectuoso para gobernarlo”. Hasta aquí estamos de acuerdo. Pero luego nos recuerda la tesis central de su libro Ciudadanos sin República (2013): “que el Perú contemporáneo estaba definido por el éxito de la promesa neoliberal y el fracaso de la promesa republicana”. Esto es problemático porque incita a pensar que el neoliberalismo está circunscrito al ámbito económico y existe otro ámbito, independiente digamos, que es el de la construcción institucional, del interés público o republicano. En ese orden de ideas, el éxito económico de las últimas décadas (de por sí discutible desde varios ángulos) guarda independencia frente al descalabro institucional y la persistencia de la corrupción.

Desde mi punto de vista, una cosa no es ajena a la otra, no son agendas paralelas con performances diferenciadas. Al contrario, hay una relación de funcionalidad, que no es difícil de identificar si uno mira en mayor detalle cómo avanzan los negocios en el país: la minería, la agroindustria, la salud privada, las telecomunicaciones, etc. El proyecto neoliberal viene con una visión sobre el rol del Estado, sobre el rol de los recursos naturales, sobre la regulación de los servicios públicos, sobre las relaciones sociales en sentido amplio. El neoliberalismo propone un nuevo pacto social, que obviamente se monta sobre condiciones existentes, de larga duración. Y ese pacto social es precisamente el que describe Vergara para referirse a la situación actual, un pacto en el que a los pobres se les deja “una salud, seguridad y educación pública de pésima calidad, mientras los ricos y las clases medias pagan por esos servicios”. El resultado no debería sorprender. Y como él mismo reconoce: “En general, quienes defendieron las políticas económicas favorecieron también la mediocre inercia de todo el resto” y, además, se generó una combinación perniciosa entre actores políticos y económicos.

Pensar al neoliberalismo como una promesa exitosa lleva con facilidad a agendas conservadoras. El neoliberalismo es un proyecto, un campo de disputa, donde hay una serie de cuestiones que corregir. No hay que ser muy estudioso para ver cómo el sistema privilegia el abuso. Basta con, por ejemplo, mirar el comportamiento de las clínicas privadas y la impotencia del Estado para obligarlas a cooperar y que no actúen como buitres en el contexto de una pandemia global. Ese es el neoliberalismo en todo su esplendor.

Por otro lado, un comentario tal vez menor, pero que tiene que ver con una crítica que considero gratuita. Vergara pregunta y comenta: “No sé en qué estado letárgico han vivido los últimos años quienes hoy repiten la monserga según la cual esta crisis “nos ha desnudado”. Hace mucho que el país transita el declive que desprende la inercia”. Esto da a entender que quienes proponen esta idea (me incluyo), recién se dan cuenta de que había problemas, lo cual es absurdo. Hace décadas que muchísimos intelectuales y comentaristas advierten de los problemas, omisiones y abiertas mentiras del “relato optimista hasta el agravio según el cual la acumulación capitalista generada por este régimen inercial ponía proa hacia al progreso”. Decir que la crisis ha desnudado las carencias apunta precisamente a desmontar esta narrativa interesada, algo en lo que el propio Vergara también insiste, aunque con otras palabras. Más aún, el uso de la expresión no tiene un fin académico, sino político. El objetivo es precisamente que otros actores -no los científicos sociales sino, digamos, “la derecha consagrada al santo dígito del PBI” - reflexionen sobre las falacias de la promesa peruana. Y se empiezan a ver los resultados: muchos repiten la noción de que la pandemia desnudó nuestras carencias, incluyendo por ejemplo a presentadores de televisión. Lo veo como un avance porque, al menos, se va construyendo un sentido común que, esperemos, nos conduzca a una reflexión nacional en serio y, ojalá, a cambios positivos en las políticas públicas.

Porque más allá de la reflexión la gran pregunta es qué hacemos ahora. Recordemos que en realidad el “Aleph” no se limita al pasado y el presente, sino que incluye también al futuro. Hay una pelea por las narrativas, sin duda. Y ahí las reflexiones como las de Vergara son muy influyentes, más aun cuando no vienen desde las resistidas canteras de la izquierda. Pero habría que pensar además en líneas de acción política. La discusión sobre el neoliberalismo, por ejemplo, debe abandonar el simplismo y llenarse de contenido. ¿Ponerle límites al lucro que roza la estafa en salud significa convertirnos en Cuba o Venezuela? ¿Fortalecer los organismos reguladores para que no estén tan groseramente alineados con el poder económico hará que el Perú vuelva como por un túnel del tiempo a los años ochenta? Obviamente no. A la derecha más rancia le conviene azuzar el fantasma del comunismo como justificación para no tocar nada del modelo. Y le conviene también hacerse los desentendidos y decir que no saben qué significa neoliberalismo.

Por otro lado, también es obvio que la híper reglamentación no reducirá la informalidad ni prevendrá la corrupción. Aumentar el tamaño del Estado no tiene por qué hacer que este funcione mejor. Modificar a la ligera el capítulo económico de la Constitución podría ser mucho peor que la enfermedad. Y así sucesivamente. Hay muchos temas que se definen en los detalles, no en las peleas con fantasmas. Tal vez haya que ser más agresivos y entrar en la cancha de los debates de las políticas públicas, una cancha en la que los diagnósticos de la larga duración no son particularmente útiles. Sin duda la confluencia de la tragedia de la pandemia, el bicentenario y la elección que tenemos encima es una oportunidad que no podemos darnos el lujo de desaprovechar.

Para terminar: me sorprende el pesimismo del autor respecto del rol de la ciudadanía. Vergara sugiere al final de su texto que “Tal vez la mayoría esté cómoda con el equilibrio del rebúscate como puedas”. Y que las respuestas como país están ahora en un modo asintomático, caracterizado por la flojera y que “solo muestra signos vitales en la UCI electoral”. Mi lectura de los procesos recientes es muy diferente. El papel de la movilización ciudadana ha sido fundamental en la lucha contra la corrupción, la defensa de los fiscales del Equipo Especial, el respaldo al referéndum de Vizcarra, el arrinconamiento del fujimorismo y sus socios en la coyuntura dramática que nos tocó vivir antes de la pandemia. La gente ha salido a la calle varias veces, organizaciones de sociedad civil permanentemente convocan a foros de discusión y se pronuncian públicamente, las redes sociales hierven a presión y señalan sin miramientos las arbitrariedades de los poderosos, el periodismo de investigación (me refiero a IDL-R, H-13, Ojo Público, Convoca) juega un rol cada vez más protagónico. ¿Dónde está la flojera? Lo que hay es desarticulación político-partidaria, no desmovilización ciudadana.

En suma, reitero que el ensayo de Vergara es muy sugerente y que es un lujo tener reflexiones de este calibre en nuestro debate público. Me quedo con el relativo optimismo de su frase final, que espera que las futuras generaciones “Ojalá puedan constatar también que, tras el fracaso nacional, tuvimos la entereza y responsabilidad de intentar reencauzar la república y sacarla de las aguas estancadas”. En eso estamos.




Escrito por

Juan Luis Dammert B.

Ph.D en Geografía (Clark University, Massachusetts) y Licenciado en Sociología por la PUCP.


Publicado en

Ecología Política

Todos los proyectos ecológicos son simultáneamente proyectos político-económicos, y viceversa. David Harvey.